El mundo ha cambiado y con él, el currículo. Esta frase es cierta, pero en nuestro país aplican restricciones pues lamentablemente, por acción, omisión o por destino; nuestro país no ha logrado desarrollar una escuela de pensamiento curricular, es decir: una interacción entre académicos curriculistas de alto perfil que permita la construcción y deconstrucción teórica del currículo, el diseño curricular y los elementos estructurantes de los procesos curriculares. Sin esa Escuela de Pensamiento Curricular, es casi imposible lograr cambios estructurales en el currículo y el diseño curricular.
Un ejemplo de lo anterior es la Escuela de Pensamiento Curricular Española, la cual posterior a la caída de la dictadura franquista, logró consolidar células de pensamiento en universidades de Barcelona, Granada, Valencia, Madrid y otros lugares que, poco a poco, conformaron un grupo de pensamiento coordinado con debates nacionales mediante congresos (famosos los realizados a mediados de los noventa) que marcaron referencia en Iberoamérica y consolidaron la influencia de intelectuales como Gimeno Sacristán, Torres Santomé, Santos Guerra, etc.
Breve reseña del contexto costarricense. Mientras en España se creaba la escuela de pensamiento (década de los noventa), en nuestro país durante esa década surgía el currículo como especialidad académica nacional, las entidades curriculares como CONESUP a penas tenían una hoja de aproximación a los procesos curriculares, las universidades públicas iniciaban un germen de intelectualidad curricular con el primer bloque de artículos publicados por diversos autores como Molina Bogantes y Carvajal y las universidades privadas centraron los temas curriculares a los procesos.
La primera década del 2000 fue escenario de un incremento de los debates curriculares en profundidad teórica y una leve ebullición de producciones académicas para establecer las características de los procesos y elementos del diseño curricular. En la UCR el debate académico se consolida con Carvajal, Mora, Garbanzo y otros autores que publican en las diversas revistas de la institución (la influencia de la UCR está determinada por ser la universidad con la maestría en el área curricular), mientras que en la UNA se desarrolla un proceso similar pero que destacará por los lineamientos dados para el diseño curricular.
Durante el segundo quinquenio de la década del 2000 inició un declive en el debate curricular nacional. Se pasó de una etapa centrada en discutir procesos de implementación del diseño curricular (por ejemplo, generación de lineamientos para diversas fase del diseño curricular) a una etapa centrada en el la contextualización curricular cuasi didáctico (experiencia de estudiantes y docentes frente a diferentes reformas curriculares). Este declive se ha mantenido hasta nuestros días, con notables excepciones.
En este escenario, podemos establecer que no existe una escuela de pensamiento curricular costarricense y que, además, durante los últimos 15 años hemos iniciado un declive del debate para centrarnos en temas cuasi didácticos. Pero ¿Por qué es importante comprender este proceso?
El debilitamiento del pensamiento curricular conlleva que las teorías, procesos y decisiones curriculares se repliquen más allá del período histórico-educativo en que fueron planteadas, degenerando en una artritis curricular que impide la flexibilidad del currículo para asumir nuevas posturas. Uno podría citar ejemplos de esta situación como: la definición del Crédito (década de 1970), la nomenclatura universitaria (primer quinquenio del 2000), los procesos de CONARE y CONESUP para supervisión de las carreras universitarias y controversias como la definición de la virtualidad, clase teórica y teórica-práctica, etc.
Para especificar con mayor detalle. Nuestro país usa un sistema de definición de crédito creado en la década de 1970 con un claro fundamento de un enfoque curricular técnico (control, homogenización y planificación) y elementos parciales del enfoque práctico; es un producto sin mayores profundizaciones teóricas y se implementa hoy en día al pie de la letra omitiendo las transformaciones curriculares de las últimas décadas como enfoque práctico, enfoque crítico, competencias, complejidad y las revoluciones desde la pedagogía crítica.
El impacto de la ausencia de una Escuela de Pensamiento. Carecer de debates curriculares y de una Escuela de Pensamiento Curricular Costarricense implica diversas afectaciones para el sistema educativo, sin embargo; considero importante señalar las consecuencias en las universidades públicas, universidades privadas y entes supervisores.
Universidades Públicas. Las repercusiones afectan su liderazgo, transformación y vinculación. El liderazgo de las universidades como entes de pensamiento se ha debilitado, casi extinto, en los temas curriculares; dejando un espacio vació en segmentos de editoriales (libros), artículos científicos referentes a nivel regional e internacional, congresos y procesos de formación desde una óptica de la internacionalización.
A nivel de la transformación, la repercusión implica que funcionarios docentes y administrativos vinculados con el currículo se reproducen como aplicadores o posiciones técnicas. Esto afecta los procesos de enseñanza (docentes que enseñan sin el debate teórico y sin posiciones claras de análisis curricular) hasta los procesos de administración curricular, es decir; realizar reformas y estructuras curriculares siguiendo manuales de aplicación sin reflexión sobre los fundamentos y posibilidades de transformación. Por último, la vinculación entre las universidades se debilita y se resume a la constitución de comisiones o actividades específicas, mientras las personas con un perfil intelectual en currículo se aíslan de estos procesos internos y buscan espacios en universidades de América Latina.
Universidades Privadas. Las universidades privadas han carecido de espacios de investigación-reflexión curricular ante las necesidades de atender los requerimientos administrativos-pedagógicos de las instancias supervisoras (CONESUP y SINAES), degenerando como principal consecuencia una imposibilidad de transformar la red supervisora.
Las universidades privadas están regidas por CONESUP y su normativa (muchas veces CONESUP homologa normativa con la establecida por CONARE) y hasta el momento no han podido crear un espacio de reflexión y proposición (como un observatorio curricular) que debata con CONARE y CONESUP las diversas implicaciones curriculares. Estos debates curriculares implican teorizar, justificar y proponer cambios en la normativa de CONESUP (por ejemplo, la actualización de programas y actualización de carreras); conceptos claves como currículo, diseño curricular, virtualidad, presencialidad, distribución de horas por crédito, crédito, etc; transformar las premisas del diseño e incluso, establecer innovadoras propuestas para la constitución de carreras desde una óptica de complejidad.
Para comprender la importancia de este proceso, me permito indicar esto: si una universidad privada tuviese un libro curricular como el de Molina para la UNED o el famoso libro del Lápiz para la UNA, implicaría que tienen un sustento teórico de una propuesta curricular que facilitaría sus procesos internos de diseño y serviría como facilitador de aprobaciones con CONESUP. Y si fuese UNIRE quien financia este proceso, implicaría una ruptura de toda la relación de poder y discusión nacional, establecería una nueva relación con CONESUP y CONARE y obligaría a rupturas claves de todos los procedimientos curriculares exigidos a la educación superior privada.
En el caso de CONESUP y SINAES, estas instituciones han realizado mejoras notables en el seguimiento y control de los procesos curriculares pero se encuentran desbordadas de trabajo y con poco personal curricular. Esto les impide actuar como órganos de generación de conceptos, pensamiento y propuestas curriculares; les debilita frente a las instituciones que supervisan y les impide alcanzar niveles superiores a nivel curricular; pero sin el recurso humano y el tiempo necesario para investigación, es difícil superar esta situación.
A modo de conclusión. Si la ausencia de una escuela de pensamiento curricular tiene implicaciones negativas para el sistema educativo y el país ¿por qué no podemos constituir una? Evidentemente, se requiere la unión de diversos factores como la contratación de recurso humano de alto perfil por parte de las universidades, aumento del presupuesto para recurso humano curricular en entes supervisores, asignación de tiempos de investigación, creación de congresos y seminarios, mejorar la especialización académica, crear observatorios curriculares, entre otros.
Dicho lo anterior, se debe mencionar que la escuela de pensamiento solo será posible si logramos que el país tenga un grupo de intelectuales curriculares capaces de investigar, publicar y dialogar sobre currículo desde visiones complejas, profundas y dinámicas (más allá de la reducción de lineamientos para o cuasi didáctica). Ese es un desafío que solo podrá superarse si personas inteligentes y con amplia formación estudian currículo como especialidad en una maestría con docentes de alto nivel curricular y si ingresan a ejercer lo curricular como profesión.
Saludos,
Dr. César Toruño Arguedas
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