En mi vida he tenido la riqueza de conocer diversas experiencias formativas. Desde ser asistente de neurociencias hasta los estudios de derecho, pasando por procesos vinculados con matemáticas, ingenierías, economía, sociología y hasta filosofía. De todas las experiencias aprendí y me han permitido ver la diversidad de experiencias formativas, de mediación y evaluación que existen en las universidades costarricenses. Pero ver el bosque no siempre es bueno.
Desde mi formación base en el Bachillerato en la Enseñanza de los Estudios Sociales en la UCR allá por el inicio del siglo, comencé a sentir una enorme diferencia en la formación recibida entre las áreas. En Historia y Geografía teníamos cursos de alta exigencia (mucha lectura, mucha investigación y evaluación que te sacaba canas), pero cruzando el riachuelo los negritos estaba el paraíso de la Facultad de Educación con cursos que uno podía pasar sin mayores esfuerzos (con notables excepciones como el curso de Fundamentos del Currículo y el de Mediación de Estudios Sociales).
Casi 20 años han pasado y la vida me ha hecho transitar tan diversos caminos pero en educación siempre topó con un escenario igual: cursos con bajo nivel de lectura, activismo desbordado con pocas actividades de pensamiento crítico, evaluación relativamente sencilla, un discurso hacia la comprensión del estudiante, ausencia de lectura de clásicos del área y una siembra constante de la visión de los cursos de educación como más fáciles que los del área disciplinar de los estudiantes. De todos estos males, les quiero compartir una preocupación especial por el discurso de la comprensión del estudiante.
Es normal que docentes del área de formación de formadores (facultades de educación) argumenten que hay que comprender al estudiante, que es un ser humano con emociones y situaciones, que debemos ser apoyo, etc. Y claro, el telón de fondo son grandes teorías psicológicas del siglo XX mezcladas con un tufo de progresismo pedagógico, pero ese discurso nos ha llevado a un escenario insostenible.
El escenario insostenible es que en nuestro país tenemos cientos o miles de Piaget, Freire, Montessori, etc. Si usted toma las actas de notas de los cursos de educación en cualquier carrera de cualquier universidad verá que existe un nivel de aprobación incomprensiblemente alto y, peor aún, con notas muy altas que pueden ir de los 80 a fácilmente más de 90 en los cursos pedagógicos. Uno se pregunta ¿en verdad son todos y todas tan buenos?
La primera hipótesis, la más ingenua, nos haría pensar que los cursos están bien diseñados y que lo que tenemos es una generación extraordinaria de estudiantes que obtienen notas espectaculares. La segunda hipótesis nos diría que los cursos están mal diseñados y que no cumplen ningún filtro por lo que es fácilmente pasable. La tercera hipótesis agregaría a la segunda un factor: el exceso de comprensión de los profesores a sus estudiantes.
Pongo un ejemplo para ser más claro. En toda carrera de educación debe existir un curso pedagógico de segundo año llamado Fundamentos del Currículo (o similar); el currículo es el área más teórica de la educación y, por tanto, ese curso debería ser muy pesado en lecturas (mínimo 100 páginas por semana) y con una evaluación centrada en ensayos. Pero lo que está pasando es que ese curso se da con una profundidad de un centímetro, se resume la teoría curricular en láminas power Point, se dan unas cuantas lecturas (cortas y no de grandes teóricos) y se pone una evaluación sencilla para que todos pasen.
Los docentes suelen argumentar que el perfil del estudiante viene mal, no les gusta leer, no saben hacer un objetivo, les cuesta sintetizar, no saben escribir y mil excusas más. Suman, además, principios pedagógicos mal comprendidos de la psicología casi con el mandamiento «no dañarás al estudiante» y una seudo sociología educativa asistencialista del pobrecito. Y uno mira las actas de notas y son notablemente altas, casi como si Gimeno Sacristán poseyera el cuerpo de esos estudiantes.
Las excusas dadas en el anterior párrafo son únicas y exclusivas de educación. Usted no verá tal nivel de «comprensión» hacia el estudiante en otras áreas como Matemáticas, Ciencias, Arquitectura, Medicina, Derecho, etc. Todavía recuerdo cuando siendo asistente, me tocó ver la entrega de notas de un curso de Química I o Bioquímica (no recuerdo el nombre) y era una masacre de notas junto a una tremenda regañada del profesor diciendo a sus estudiantes que si no se esforzaban, estaban fritos en el curso y en la carrera.
¿Usted podría imaginar a un profesor de anatomía que le diga a sus estudiantes que no se tendrán todas las partes anatómicas del cuerpo pues sería mucho? ¿Se imagina a ese profesor diciendo que sus estudiantes vienen con bajo nivel y que por eso bajará el nivel del curso? Jamás, Jamás, Jamás. Y jamás aceptaríamos que un profesional de medicina que haya pasado así los cursos, nos atendiera. ¿Ven por dónde voy?
La educación costarricense enfrenta muchos problemas pero hay uno que es gravísimo: la formación dada en las universidades. La formación que deben recibir nuestros educadores debe ser, en el área pedagógica, de alto nivel, profunda, retadora, disciplinada y motivadora; no puede ser facilista y sencilla. ¿Qué aporta más a la educación de un país? Un profesor que llevó el curso de currículo y pasó con 10 haciendo marionetas o un profesor que sacó 7 en el curso de currículo pero sufrió trasnochado tratando de comprender a Gimeno Sacristán y el currículo como producto cultural.
Algunas personas dirán, «en mi carrera yo me esforcé», «en mí universidad no era jugando» y otras dirán «es cierto lo que dice Toruño, los cursos de educación eran un comodín». Y no tendríamos forma de saber la realidad, bueno tal vez sí.
Pronto, seguramente en unos 4 años, el MEP implementará la prueba de idoneidad a sus candidatos a propiedad docente (y seguramente Colypro también deberá aplicar pruebas de ingreso) y ahí se abrirá la caja de Pandora. Si el MEP hace una buena prueba (con estándares internacionales), el magisterio y el país despertarán a la realidad: o tendremos una altísima aprobación de docentes en el examen demostrando que su formación pedagógica era muy buena o tendremos una altísima reprobación de docentes demostrando que tienen el título pero carecen de ciertos elementos formativos (principalmente en pedagógicas). Y si por la experiencia de los vecinos nos llevamos, el examen de los médicos arrojó una reprobación del 70 % y en el de abogados algunas universidades tuvieron niveles de aprobación menor al 10%.
Las universidades debemos dar la batalla: dignificar la formación de docentes. Volver a hacer respetables a los cursos pedagógicos, asegurarnos que nuestros estudiantes alcancen el perfil de salida y abandonar esa auto destrucción de bajar el perfil generación a generación. Debemos reconocer que no todos pueden aprobar ni todos tienen que reprobar, debemos crear la cultura del esfuerzo y la disciplina para que nuestros estudiantes puedan terminar cada curso extenuados pero satisfechos con lo aprendido.
Regalar los cursos de educación es un engaño para el estudiante, el magisterio y el país. Es un daño estructural que debemos combatir. Pero eso nos lleva a un debate que nadie quiere dar ¿cuál es el perfil de los profesores que dan clases a estudiantes de educación? ¿son los mejores o son los amigos, los callados, los siervos menguados?
Saludos,
Dr. César Toruño