Para quien ejerza el derecho subversivo a pensar, hay respuestas que provocan un vómito intelectual. Las miss y sus enlatados “sueño con la paz mundial, eliminar el hambre o trabajar por la niñez”, los jugadores de fútbol con “ha sido gracias al esfuerzo del equipo, lo importante es que conseguimos la victoria, estoy entrenando para”, pero de todas, las que más deberían provocar repulsión son las de los políticos y líderes que repiten frases como “necesitamos una educación crítica” o “es necesario una educación que forme a nuestros jóvenes críticamente”.
Durante años, sectores liberales, progresistas, seudo progresistas y hasta desubicados han clamado, un día sí y otro también, por una educación crítica. ¡Educación crítica ya! Sería su lema. Pero además de ser un lindo slogan para una campaña, estas frasecitas políticamente pertinentes no aportan nada al debate educativo ni a la solución real de los problemas de la educación costarricense.
Lamentablemente, ante la ignorancia o la mala intención, quienes promueven la construcción de una educación crítica nos ofrecen, en realidad, una versión 2.0 de la educación criticada durante las últimas décadas (verticalista, memorística, desconectada de la realidad, poco analítica, individualista, fragmentada, aburrida, entre otras características).
El error es simple, frente a la educación tradicional centrada en el dominio de contenidos académicos asumen que la educación crítica es posible si cambiamos los contenidos, bajo el supuesto que los contenidos fueron seleccionados por una élite de la burguesía afiliada con los intereses corporativos transnacionales en un sistema hegemónico capitalista (casi un trabalenguas doctrinario). Se asume, pues, que al cambiar los contenidos se dará un fenómeno similar al derrame del capitalismo doctrinario, permitiendo que nuestros jóvenes se permeen de nuevos contenidos que, por obra de San Judas Tadeo (santo de las causas imposibles) generen pensamiento crítico, nuevas prácticas y la revolución social.
Un ejemplo de lo anterior fue el escándalo intelectual que provocó la intentona de quitar Mamita Yunai (2010) como lectura sugerida u obligatoria en secundaria. Los defensores de la educación crítica(da) nos advertían que era una intentona para vaciar los últimos espacios de pensamiento crítico sobre el imperialismo, bananeras y Costa Rica durante el siglo XX. La narración que utilizan pareciera tan correcta que asemeja una verdad incuestionable.
Sin embargo, no es cierto que el estudio de Mamita Yunai genera pensamiento crítico per se. En la mayoría de casos lo que aprenden nuestros jóvenes es a despreciar la lectura de cualquier libro por culpa de la práctica docente de preguntar estupideces en los exámenes (año de nacimiento del autor, escena descrita en determinado capítulo, etc). Eso mismo pasa en todas las asignaturas, por ejemplo en Estudios Sociales dominan los docentes bobos que preguntan fechas, nombres y lugares pero que no enseñan ni preguntan lo trascedente, los de matemáticas que enseñan a resolver el mismo problema con los mismos pasos y no a generar pensamiento matemático, entre otras.
Por ejemplo, imaginemos que insertamos contenidos del Top 10 del progresismo, por ejemplo Legalidad del Aborto ¿ustedes creen que los docentes –esos mismos que inician la mayoría de actividades con oraciones- van hablar con imparcialidad del tema? ¿tan siquiera dejarán hablar a los estudiantes? Y, sobre todo, ¿cómo lo evaluarán?, seguramente apostarán por preguntar artículos de las leyes en respuesta corta, en marque con x preguntarán definición de conceptos y dejarán una preguntilla de desarrollo de opinión general (y muchas veces la pregunta sesgada). Otro ejemplo, Marxismo y su importancia en la interpretación del fenómeno social. Estoy seguro que sería evaluado con nombres, fechas y lugares en marque con x, asocie o respuestas cortas para teorías y una preguntilla de desarrollo.
No hay contenido propulsor de la educación crítica per se. Como tampoco existen contenidos que impidan la educación crítica per se. Todo depende de la mediación del docente, de su capital cultural, de las posibilidades que el docente dé para que los(as) estudiantes sean constructores activos del pensamiento, de los libros de texto usados, del papel de la familia, entre otros.
Detrás del discurso por una educación crítica, se puede construir el más terrible crimen contra la educación: teñir los trapos sucios del viejo sistema educativo y presentarlo como nuevo. Por este motivo, debemos estar atentos y exigir claridad cuando una persona hable de educación crítica; nos debe decir claramente si la educación crítica que propulsa está centrada en cambios de contenidos (educación criticada) o es un cambio cultural-profesional-educativo que exige un profundo esfuerzo económico y de recursos humanos para transformar radicalmente las prácticas realizadas en nuestros centros educativos.
De ser un verdadero compromiso por una educación crítica, nos debe decir ¿cómo lo hará?, principalmente cómo se realizará las reformas en los programas de formación universitaria de docentes, cambio en los perfiles de contratación del MEP, cambios en los reglamentos de evaluación para legalizar y promover la “subversión” de los estudiantes mediante el ejercicio directo del derecho a pensar y expresar, una nueva normativa de evaluación que exija pruebas colectivas, ensayos, investigaciones u otros y, no menos importante, una estructura de asignaturas y de ofertas pensadas desde la integración.
Hasta el momento, todo lo que hemos escuchado de verdes, rojos, amarillos y pintones es una educación criticada, pero tal vez pronto alguien nos hable de esa educación crítica añorada en nuestro país como la segunda venida de Jesús.
Saludos,
Dr. César Toruño