La profesora


Soy la suma de experiencias, sueños, libros, canciones y personas con quienes he interactuado, por eso quiero hacer un segmento de Personajes que me han marcado y, que sin lugar a duda, influyen en mi visión de vida y educación. Hoy comienzo con La Profesora.

La profesora.

Texto en reconocimiento de la Profesora Priscilla Sánchez Conejo.

Pensé que sería una clase más, de esas que se olvidan fácilmente después de los finales y que simplemente sirve para una calificación que certifique que he cumplido con un plan de estudios, pero no fue así.

He de advertirle, querido y querida lector(a), que esta clase la llevé a mis 40 años como un venerable anciano que deseaba concluir el sueño adolescente y húmedo de terminar una carrera que me sigue diciendo «y si hubiese sido eso». Ya a esta edad y con doctorado, dos maestrías, casi una veintena de artículos científicos publicados, pues me resultaba un poco predecible el nivel de exigencia académica esperable pero la vida siempre te hace giros mágicos.

Desde el primer momento, ella me impactó. Una forma más frontal de decir las cosas, un desbordamiento de emociones, un vaivén de reacciones, joven (tal vez una década menos que mí persona); era una docente totalmente diferente a mis métodos y quienes había conocido como estudiante, pero ella tenía algo más: era de derecha recalcitrante.

Sus posiciones políticas e ideológicas brotaban en frases que bombardeaban todo, algunas me causan profunda conmoción y me impulsaban a reaccionar desde mi viejo modelo de joven progresista. Ah, viejos tiempos del TLC y el Combo ICE, años en los que ante una clase como esta habría armado una revolución de protesta frente a las aulas, pero el tiempo no pasa en vano y uno aprende que la riqueza está en la diversidad.

He de admitir, tuvimos un amago de encontronazo en el que la sangre no llegó al río. Conversamos como dos adultos fuera de la clase y desde la franqueza y el respeto nos vimos como seres con posturas diversas pero con puntos de encuentro, personas que podíamos dialogar y aprender; y así lo hicimos durante el curso: ella desde la derecha y yo desde la izquierda, pero ambas vías coincidían en una ruta de defensa de lo normativo, la democracia y el pensamiento crítico y libre.

El hecho de poder estar y aprender con alguien tan de derecha fue, sin lugar a duda, una oportunidad transformadora en mí; me permitió ver otras realidades de otras miradas ajenas a mi espectro cotidiano y, claro está, me exigió reconstruir y deconstruir verdades que uno asume como tales para evitar el desgaste del pensamiento. Este hecho, relevante en sí mismo, no es lo único que destaco de este proceso.

Advertí, previamente, que ella era joven, muy joven pero no les indiqué joven con respecto a a qué: a sus logros académicos y personales. Hablo de una profesora con dos posgrados en Europa y que se encontraba estudiando, en el momento en que era mí profesora, en una de las universidades más prestigiosas del mundo occidental. Por si esto fuese poco, tenía la especialización en una de las ramas más complicadas de la disciplina y había alcanzado puestos profesionales y asesoramiento claves a nivel profesional y político.

Sus clases eran, a penas, una muestra de sus conocimientos. Una clase de ella era a su conocimiento lo que un vaso de agua de mar es al océano Pacífico; pero ella siempre impulsaba el pensamiento, trataba de inspirar contando sus experiencias ahora que estudiaba en una de las universidades más importantes del mundo (y referencia académica de Inglaterra en el mundo) y daba consejos de vida que marcan el horizonte, en mi caso uno de sus consejos me resonó durante semanas y me impulsó a tomar un rumbo inesperado.

Y por si todo esto no fuese motivo suficiente para ratificarla como un personaje en mi vida, debo destacar el arduo y doloroso camino de esfuerzo que ella tuvo. Salir de una casa clase media baja para estudiar una carrera de idioma, luego trabajar para poder pagarse la carrera que ejercería profesionalmente y en la que alcanzó los más altos estándares, salir del trabajo para viajar a una universidad para estudiar de noche y salir a las 10 pm, darse a codazos para abrirse campo en medio de poses de élite y argollas sociales de los pudientes, etc. Su vida, su corta vida, ha sido la del esfuerzo máximo para no ser una más y lo ha conseguido; es una académica, profesional y persona excepcional.

Por eso he titulado esta reflexión como La Profesora, como reconocimiento a doña Priscilla Sánchez Conejo especialista en Derecho Tributario en Costa Rica y una docente excepcional. Después de cursar los estudios de grado, dos posgrados y el dictado, nunca había tenido una profesora de este nivel académico y de ese reconocimiento profesional, es sin duda La Profesora en marco formativo y, si la vida fuese generosa conmigo, tal vez pueda encontrar a otra docente de este calibre en los siguientes 40 años de vida.

Lamentablemente, muchos de mis compañeros(as) que a penas tenían 20 años no pudieron apreciar la oportunidad académica que tenían en frente. A esas edades uno anda distraído en lo cotidiano y no tiene la visión del horizonte de vida para valorar los barcos en el mar, las montañas en las cordilleras ni las estrellas en el cielo. Esa era una injusticia para con ellos mismos y para con la profesora.

También reflexioné sobre lo injusto del sistema laboral de las universidades. Aunque no lo sé, seguramente esa profesora no recibía un salario acorde a su nivel académico ni recibía salario emocional digno para motivarla a seguir creciendo; a veces las universidades simplemente ejecutan contrataciones en forma técnica y no miden cualitativamente el beneficio de mantener y expandir las funciones de ciertas personas docentes en sus proyectos educativos.

Hasta aquí un texto injusto que trató de describir en unas líneas las características de una única y extraordinaria persona.

Abrazos,

Dr. César Toruño

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