El agua es inagotable. Reflexión educativa-curricular


Era 1994, todavía recuerdo viajar en bus por la autopista General Cañas y contemplar el mar de banderas rojiazules del Partido Unidad Social Cristiana y verdiblancas del Partido Liberación Nacional en la pista y en las casas. Nuestro país vivía, -sin saberlo todavía-, la última gran campaña electoral. Divididos en dos grandes grupos, nuestra sociedad asumía con pasión casi futbolera la división política.

Aquella elección daría por ganador a José María Figueres Olsen, candidato del Partido Liberación Nacional (partido que ejercía como oposición durante el gobierno del PUSC de 1990 a 1994) y daría pie a un momento histórico: Rafael Calderón Fournier (el hijo del Dr. Calderón Guardia, expresidente y contendiente declarado ganador de la elección de 1948) le entregaría la banda presidencial al hijo de José Figueres Ferrer, líder del levantamiento armado contra los supuestos fraudes electorales y ganador de la guerra civil de 1948. 

Se cerraba el ciclo post guerra y los medios repetían la idea en todo el imaginario colectivo. Recuerdo las portadas de los periódicos y la cobertura dada rumbo al cambio de gobierno del 8 de mayo de 1994. 

Nosotros, los escolares, entrábamos en marzo a clases por lo que nuestras maestras nos mencionan algunos detalles del cambio de gobierno y, como fue mi caso, nos pedían hacer algo similar a “pizarras informativas” sobre la democracia costarricense encima de un papel café y de textura algo más rígida que uno normal. 

Para poner nuestras nuevas producciones comunicativas elaboradas durante algunas lecciones en pequeños subgrupos, 3 estudiantes fuimos seleccionados para ir a la parte de atrás del aula y arrancar el collage de materiales, informaciones y producciones de estudiantes que la adornaban. 

Apresurado, me levanté e inicié el festín de salvaje violencia contra cada uno de los materiales que pude alcanzar hasta llegar a uno que guardó especial lugar en mí memoria. Era un papel, como un afiche informativo, azul degradado, un poco arrugado y roto en una de sus esquinas. Todavía recuerdo el título de la información “El agua. Un recurso inagotable”.

¡¿El agua es un recurso inagotable?! Recuerdo el afiche por la profunda conmoción que me provocó. Es cierto, en la escuela me habían enseñado varias veces esa idea, seguramente eso estaba en libros de texto o copias que nos habían dado y con alta probabilidad hasta había respondido eso en alguna que otra pregunta de exámenes. 

En aquel tiempo era lógico que se repitiera esa información, nuestros(as) maestros(as) habían estudiado su carrera (seguramente en los ochenta) con esa idea, los libros de texto hablaban de los recursos inagotables, no dudo de que en más de un programa de televisión (el gran educador de la segunda mitad del siglo XX) se repetía esa idea e incluso podría dudar sobre la posibilidad de que esa premisa estuviese en el programa oficial de ciencias para I y II ciclo de la educación. ¡El agua es un recurso inagotable! 

En la televisión escuché otra versión. En un programa educativo que había visto la semana previa habían explicado que el agua era un recurso que se estaba agotando, claro está, esto era parte de la ola de información y discusión que brotaba en el mundo  que poco a poco llegó a nuestro país. 

Yo era muy niño para saberlo, pero desde la década de 1980 se habían gestado movimientos ecologistas en Estados Unidos y Europa,  “, artistas y líderes se habían sumado a los movimientos de presión y en 1992 se celebró la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (en realidad se llamó Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo Humano) con una implicación mediática nunca vista en temáticas ambientales. 

Como parte de estos cambios políticos y culturales, en 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 22 de marzo de cada año como el Día Mundial del Agua.

El mundo cambiaba, los conocimientos cambiaban, las premisas culturales cambiaban, pero en mi aula había un afiche que seguía insistiendo en una premisa superada. 

Es la dicotomía perenne de nuestros sistemas educativos: nuevas realidades versus el currículo que se aprende en cada aula, lo cual era una verdad en la década de 1990 pero al llegar a la tercera década del siglo XXI, se impone como una verdad y una demanda de transformación urgente pues ahora vivimos una era de rápida difusión en la cual, con un clic en un computador o un teléfono, un estudiante recibirá nuevas informaciones y nuevos modos culturales. 

Los docentes y curriculistas contemporáneos debemos tener presente esta dicotomía y asumir el desafío de tratar de disminuir el déficit entre ambas realidades. Necesitamos ser autodidácticos, hacer miniinvestigaciones, leer, estar al tanto de nuevas tendencias, conocimientos y nuevas interpretaciones de hechos,

Nos urge un currículo flexible que permita hacer estos ajustes sin pasar por la burocracia oficial para aprobar la reforma y, claro está, necesitamos que la formación del personal docente sea tan amplia, rígida y profunda que asegure las competencias necesarias para que cada docente sea una persona gestora del currículo.

¡El agua es un recurso inagotable! Hoy en día, nadie diría eso en un aula, pero ¿qué decimos en nuestras aulas que ya está superado? ¿Cuáles viejos conocimientos científicos repetimos, aunque la ciencia ya los ha descartado? ¿Cuáles viejas costumbres, patrones y elementos culturales repetimos, aunque el mundo ha parido una nueva sociedad? ¿Cuáles verdades nuestras decimos como si fueran verdades de todos? Como docentes de este tiempo, es importante dar respuesta a estas preguntas. Para nosotros mismos y nuestros estudiantes.  

Saludos,


Dr. César Toruño

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